lunes, 17 de febrero de 2014

“La Cruz, no es un adorno, sino que es un lugar donde el inocente murió por el culpable”

S,  Amaury Rodriguez

 Verano de 1980
Tenía yo 15 años. Eran otros tiempos y en base a ello, os tengo que decir que era habitual que los críos de barrio nos hiciéramos con una carabina de aire comprimido. Mi madre me negó pocas cosas dentro lo que la economía familiar daba de sí. Como el pequeño de la familia, sin duda tuve acceso a más caprichos que el resto de mis hermanos.
En un principio la carabina la tenía para hacer  mera puntería sobre objetos inanimados. A primeras horas de una calurosa tarde, bajé a la calle con la carabina. Era una carabina que disparaba balines de plomo de 4,5 mm. Me di una vuelta por las inmediaciones del campo de fútbol de mi barrio el cual si bien estaba cercado era lugar de frecuentes incursiones tanto por mi parte como del resto de mis amigos que formábamos una pandilla tan dañina y revoltosa como inocentona. Éramos críos de barrio.
Estando a la espera tras un murete de hormigón vi que a unos 10 metros se plantaba un inocente gorrión. Como ya tenía la carabina cargada sólo tuve que apuntar. Recuerdo que el pulso se me aceleró pues era al primer pajarillo al que estaba decidido a disparar. Todo ocurrió muy rápido.  Sonido sordo y tras él vi que el pajarillo se agitaba herido en el suelo. ¡Le había dado!. Emocionado por mi logro, fui corriendo hacia él. Al llegar el impacto que me produjo la escena es algo que, aún 36 años más tarde recuerdo con mucha nitidez: al pobre gorrión mi mejorable puntería le había llevado por delante  medio pico. El pobrecillo se retorcía al tiempo que sangraba, dentro de su pequeñez, profusamente. Toda la ilusión que yo sentía al dirigirme a él se me esfumó y de súbito todo se tornó gris y tenebroso. Noté la misma punzada en el corazón, noté como mi alma, de nuevo, se rompía. Sentí el peso de la culpa, sentí que había infringido dolor a un ser inocente.  Me di cuenta que había hecho algo irreparable y ya no vi al gorrión como el logro de una intención sino como una víctima indefensa a la que no di opción. Me sentí extraño y asustado. Temblando tomé al animal en mis manos. Ya no se movía, ya no se agitaba. Había muerto.


Pedacito de corazón sin vida


Sin quitarme los temblores del cuerpo enterré al pajarillo en un jardín próximo metiéndolo en un burdo y poco profundo agujero que hice con mis manos. Allí se quedaron mis ganas de volver a coger la carabina pues sin ser consciente realmente de ello, nunca más la volví a usar. Tampoco fui capaz de desprenderme de ella nunca. Aún la conservo en mi casa y no hay día que al verla no me acuerde de la vida que arrebaté a aquel inocente pajarillo. La conservo en forma de tributo a aquél error que, por más quiera y entienda, no creo que quiera ni pueda perdonarme jamás.

En muchos momentos, al pensar en ese pajarillo, le he pedido perdón una y mil veces sin que ello me haya supuesto alivio alguno.  Tan sólo, con el paso de los años, he encontrado consuelo al pensar que su vida salvó a otras vidas de otros parientes suyos amén de hacer de mí una mejor persona desde entonces y ser cada vez más consciente de que nuestros actos tienen consecuencias, en ocasiones trágicas e irreparables sobre los  y  a quienes nos rodean.
Es sorprendente también como este episodio grabó a fuego en mi ser las consecuencias de una acción que conlleva un trauma. Pienso que, realmente, lo ocurrido me afectó de tal manera que, sin ser consciente, se hizo patente su efecto: nunca más usé la carabina, no encontraba ni motivos ni alicientes para usarla. Dejé de verla como un objeto de ocio y pasó directamente a ser una imagen, un  símbolo  que evocaba una y otra vez mi Culpa.   En muchas ocasiones que haciendo limpieza y reordenando mis cachivaches he pensado en deshacerme de la carabina pero por alguna razón he creído conveniente conservarla. Es verla y acordarme de aquél pajarillo. Supongo que así, aparte de ser consciente de lo que hice, mantengo indeleble el recuerdo de aquél pajarillo al que  arrebaté la vida infringiéndole instantes antes dolor y sufrimiento y, en cierto modo, aparte de que las cosas suceden “por algo”, también suceden “para algo”. 

“No hay problema que una dosis de culpa no pueda empeorar”

 , Bill Waterson.

CULPA  DE ACCIÓN

¿Dónde encontré la culpa?.
Y una lágrima cayó en la arena… la la la… la la la…
No. Esta vez no fue en la playa. Fue en el campo.


Primavera de 1978.


En una vista retrospecitva, diré que mi primer contacto con la culpa la tuve siendo un niño, con 12 años.   En una salida al campo con mi familia con motivo de una popular celebración del día de Pascua nos pusimos a jugar “al pañuelo”. Mi difunto hermano mayor, recuerdo que me había regalado una botas “de militar”, botas que allí, con motivo de esa salida, llevaba puestas. Recuerdo que desde donde estábamos se veía el Aeropuerto de Reus, a lo lejos…. Se tenía una perspectiva algo insólita de la pista y  se veían aterrizar y despegar los aviones desde lo alto y en línea recta a la dirección de despegue.

En un momento  del juego yo pugné por el pañuelo con mi madre. En mi carrera  y con la típica torpeza de un niño pisé   el pie de mi madre, cuyo calzado dejaba sus dedos   al aire. Contemplé atónito cómo mi madre caía al suelo entre gritos y gestos de dolor. Me invadió una sensación que por entonces nunca había experimentado. Y me invadió como el más cruel de los entes que posee a una persona.  Fue todo un torrente de tristeza mezclado con desesperación que jamás he podido olvidar. Casi instantáneamente me vi allí, ahogado en un llanto profundo que me entrecortaba la respiración. Me abracé a mi madre  que estaba sentada en el suelo. Noté como, por primera vez, lo que llamamos alma, se nos rompe. 

Fui consciente que, pese a no haber habido intención, hice daño a mi madre. Del resto de ese recuerdo haberlo pasado como de pesadilla. Todo era distinto para mí hasta que el paso de los días fue diluyendo mi pesar.  Después, nada,   como si lo ocurrido no tuviera mayores consecuencias más que una herida en la uña del pie de mi madre. Todo pasó sin más hasta que la culpa volvió a darme un toque...  y esta vez sí que hubo consecuencias.






EL PRINCIPIO DEL FIN

Puede que sea día 13, pero es un día cualquiera de un periódico mes de Febrero del irrepetible año 2014.
Un día más.
Por un momento  he hecho el ejercicio mental de imaginarme en forma de casillas todos los días de mi vida ya consumida y los que me restan hasta los 82 años que no es otra que la edad media establecida como esperanza de vida en nuestro maltrecho país. Eso quiere decir que, de los 48 años que tengo hasta los 82, resultan día arriba día abajo 12.775  casillas por tachar de un imaginario calendario. Todas esas casillas, ante mí, monótonas y a la vez intrigantes se muestran tan neutras como las teclas de mi ordenador con las que plasmo estas palabras.
Al lado de una de esas casillas hay otra que se quedará  sin marcar. Ese día será mi final. Mi final. Por más que lo pretenda, no me es posible,  ni tan siquiera imaginar, cuál de ellas puede ser ese día.   Sin embargo, hay algo en esas casillas que permanece invariable. El recuadro que las delimita. Pienso que ese recuadro está definido por una constante de culpa. Y que tal y como lo veo, tal y como lo imagino, sea el día que sea el último, formará parte de mis días hasta que yo me desvanezca, hasta que mi imagen sólo sea un papel impreso, hasta que sólo sea un recuerdo para unos pocos, quizá cuando alguna vez que escuchen mi nombre.

 Recapitulando sobre los días que he vivido hasta la fecha de los 48 años que tengo, me he dado cuenta cada vez con más claridad que vivo atado con más o menos cuerda según las épocas con la Culpa. Conocí a una persona cuya vida giraba en torno al tabaco. Sí sí… suena a guasa pero aseguro que es cierto. Esta persona, de entrañable recuerdo para mí y que formó parte de mi vida laboral durante casi 15 años en un laboratorio, se pasó todo ese tiempo peleando de una forma u otra con el tabaco. No era solo el tema de los eternos intentos y fracasos de dejar de fumar sino de la movida en sí que entrañaba el tabaco. Más calentorro que una plancha y  aficionado a los chistes verdes, contaba excepcionalmente otros relacionados con el tabaco. Uno corto que recuerdo es la conversación de un par de amigos, de dos “quillos” uno habiendo dejado de fumar, que le decía al otro…
”Quillo, mira, desde que he dejao de fumar hay que ver lo poco que me acuerdo tabaco…”… y a los cinco minutos le volvía a insistir..”¿me has oío?..”! que te digo que desde que he dejao de fumar hay que ver lo poco que me acuerdo del tabaco!!”.. y al rato…!quillooooo, que te digo   lo bien que estoy ahora!!!….que desde que he dejao de fumar…!!! hay que ver lo poco que me acuerdo del tabaco!!!.”…
Chistes aparte, chistes malos aparte, algo similar es lo que, con ciertas dosis –que no completas- de honestidad he descubierto en mí respecto a la Culpa.
No me considero una persona infeliz. Pero me considero una persona desgraciada. Desgraciada por cargar con esa losa que llamamos culpa, esa losa que, por experiencia propia, creo que es de las peores cargas que la conciencia de una persona puede acarrear.
Me resulta difícil afirmar si existe o no correspondencia entre culpa e infelicidad. Quizá es que no quiera asumir que soy infeliz por mucho que no me considere infeliz. Ahí la culpa y sus entresijos entre bastidores también creo que tiene algo que ver. Demostrada parece ser que está la sorprendente correspondencia entre culpa y altruismo (“Los secretos de la psicología”, Coleman y Freedman, Editorial: Salvat Editores, S.A., Barcelona., 1987), si bien por lo que he podido deducir se debe más bien a un efecto reactivo y subliminal de la emoción en grado leve que no como una devastadora consecuencia que, en grados más elevados,  como la mayoría de nosotros sabemos, paraliza a las personas conllevando también otra  serie de trastornos mentales y físicos que pueden derivar incluso en el mismísimo suicidio.

La culpa, afirmo,  es mi más fiel y leal compañera. Está tan pegada a mí como mi propia muerte. De un modo u otro nunca  me abandona y funciona como una “destructiva” pareja ideal. Como la pareja que nunca perderé. Por  acción, por inacción, por recurrencia y por omisión.  Por  épocas la noto más y más cerca de mí sea lo que sea que haga y donde esté.  En algunos casos me habla cuando yo callo, a ratos me escucha cuando le hablo y  guarda silencio cuando le pregunto... incluso parece estar lejos o desaparecer. Pero no. Siempre aparece, siempre vuelve. A veces me grita, en otras me susurra. Me atenaza, me paraliza, me ahoga, me redime y me castiga.  Siempre está ahí, fiel, unida, pegada, agarrada  a mí, para siempre.