lunes, 17 de febrero de 2014

“No hay problema que una dosis de culpa no pueda empeorar”

 , Bill Waterson.

CULPA  DE ACCIÓN

¿Dónde encontré la culpa?.
Y una lágrima cayó en la arena… la la la… la la la…
No. Esta vez no fue en la playa. Fue en el campo.


Primavera de 1978.


En una vista retrospecitva, diré que mi primer contacto con la culpa la tuve siendo un niño, con 12 años.   En una salida al campo con mi familia con motivo de una popular celebración del día de Pascua nos pusimos a jugar “al pañuelo”. Mi difunto hermano mayor, recuerdo que me había regalado una botas “de militar”, botas que allí, con motivo de esa salida, llevaba puestas. Recuerdo que desde donde estábamos se veía el Aeropuerto de Reus, a lo lejos…. Se tenía una perspectiva algo insólita de la pista y  se veían aterrizar y despegar los aviones desde lo alto y en línea recta a la dirección de despegue.

En un momento  del juego yo pugné por el pañuelo con mi madre. En mi carrera  y con la típica torpeza de un niño pisé   el pie de mi madre, cuyo calzado dejaba sus dedos   al aire. Contemplé atónito cómo mi madre caía al suelo entre gritos y gestos de dolor. Me invadió una sensación que por entonces nunca había experimentado. Y me invadió como el más cruel de los entes que posee a una persona.  Fue todo un torrente de tristeza mezclado con desesperación que jamás he podido olvidar. Casi instantáneamente me vi allí, ahogado en un llanto profundo que me entrecortaba la respiración. Me abracé a mi madre  que estaba sentada en el suelo. Noté como, por primera vez, lo que llamamos alma, se nos rompe. 

Fui consciente que, pese a no haber habido intención, hice daño a mi madre. Del resto de ese recuerdo haberlo pasado como de pesadilla. Todo era distinto para mí hasta que el paso de los días fue diluyendo mi pesar.  Después, nada,   como si lo ocurrido no tuviera mayores consecuencias más que una herida en la uña del pie de mi madre. Todo pasó sin más hasta que la culpa volvió a darme un toque...  y esta vez sí que hubo consecuencias.






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