Verano de 1980
Tenía yo 15 años. Eran otros tiempos y en base a ello, os
tengo que decir que era habitual que los críos de barrio nos hiciéramos con una
carabina de aire comprimido. Mi madre me negó pocas cosas dentro lo que la
economía familiar daba de sí. Como el pequeño de la familia, sin duda tuve
acceso a más caprichos que el resto de mis hermanos.
En un principio la carabina la tenía para hacer mera puntería sobre objetos inanimados. A
primeras horas de una calurosa tarde, bajé a la calle con la carabina. Era una
carabina que disparaba balines de plomo de 4,5 mm. Me di una vuelta por las
inmediaciones del campo de fútbol de mi barrio el cual si bien estaba cercado
era lugar de frecuentes incursiones tanto por mi parte como del resto de mis
amigos que formábamos una pandilla tan dañina y revoltosa como inocentona.
Éramos críos de barrio.
Estando a la espera tras un murete de hormigón vi que a unos
10 metros se plantaba un inocente gorrión. Como ya tenía la carabina cargada
sólo tuve que apuntar. Recuerdo que el pulso se me aceleró pues era al primer
pajarillo al que estaba decidido a disparar. Todo ocurrió muy rápido. Sonido sordo y tras él vi que el pajarillo se
agitaba herido en el suelo. ¡Le había dado!. Emocionado por mi logro, fui
corriendo hacia él. Al llegar el impacto que me produjo la escena es algo que,
aún 36 años más tarde recuerdo con mucha nitidez: al pobre gorrión mi mejorable
puntería le había llevado por delante
medio pico. El pobrecillo se retorcía al tiempo que sangraba, dentro de
su pequeñez, profusamente. Toda la ilusión que yo sentía al dirigirme a él se
me esfumó y de súbito todo se tornó gris y tenebroso. Noté la misma punzada en
el corazón, noté como mi alma, de nuevo, se rompía. Sentí el peso de la culpa,
sentí que había infringido dolor a un ser inocente. Me di cuenta que había hecho algo irreparable
y ya no vi al gorrión como el logro de una intención sino como una víctima indefensa
a la que no di opción. Me sentí extraño y asustado. Temblando tomé al animal en
mis manos. Ya no se movía, ya no se agitaba. Había muerto.
| Pedacito de corazón sin vida |
Sin quitarme los temblores del cuerpo enterré al pajarillo
en un jardín próximo metiéndolo en un burdo y poco profundo agujero que hice
con mis manos. Allí se quedaron mis ganas de volver a coger la carabina pues
sin ser consciente realmente de ello, nunca más la volví a usar. Tampoco fui
capaz de desprenderme de ella nunca. Aún la conservo en mi casa y no hay día
que al verla no me acuerde de la vida que arrebaté a aquel inocente pajarillo.
La conservo en forma de tributo a aquél error que, por más quiera y entienda, no
creo que quiera ni pueda perdonarme jamás.
En muchos momentos, al pensar en ese pajarillo, le he pedido perdón una y mil veces sin que ello me haya supuesto alivio alguno. Tan sólo, con el paso de los años, he
encontrado consuelo al pensar que su vida salvó a otras vidas de otros
parientes suyos amén de hacer de mí una mejor persona desde entonces y ser cada
vez más consciente de que nuestros actos tienen consecuencias, en ocasiones
trágicas e irreparables sobre los y a quienes nos rodean.
Es sorprendente también como este episodio grabó a fuego en
mi ser las consecuencias de una acción que conlleva un trauma. Pienso que,
realmente, lo ocurrido me afectó de tal manera que, sin ser consciente, se hizo
patente su efecto: nunca más usé la carabina, no encontraba ni motivos ni
alicientes para usarla. Dejé de verla como un objeto de ocio y pasó
directamente a ser una imagen, un
símbolo que evocaba una y otra
vez mi Culpa. En muchas ocasiones que haciendo limpieza y
reordenando mis cachivaches he pensado en deshacerme de la carabina pero por
alguna razón he creído conveniente conservarla. Es verla y acordarme de aquél
pajarillo. Supongo que así, aparte de ser consciente de lo que hice, mantengo
indeleble el recuerdo de aquél pajarillo al que arrebaté la vida infringiéndole instantes antes
dolor y sufrimiento y, en cierto modo, aparte de que las cosas suceden “por
algo”, también suceden “para algo”.
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