lunes, 17 de febrero de 2014

EL PRINCIPIO DEL FIN

Puede que sea día 13, pero es un día cualquiera de un periódico mes de Febrero del irrepetible año 2014.
Un día más.
Por un momento  he hecho el ejercicio mental de imaginarme en forma de casillas todos los días de mi vida ya consumida y los que me restan hasta los 82 años que no es otra que la edad media establecida como esperanza de vida en nuestro maltrecho país. Eso quiere decir que, de los 48 años que tengo hasta los 82, resultan día arriba día abajo 12.775  casillas por tachar de un imaginario calendario. Todas esas casillas, ante mí, monótonas y a la vez intrigantes se muestran tan neutras como las teclas de mi ordenador con las que plasmo estas palabras.
Al lado de una de esas casillas hay otra que se quedará  sin marcar. Ese día será mi final. Mi final. Por más que lo pretenda, no me es posible,  ni tan siquiera imaginar, cuál de ellas puede ser ese día.   Sin embargo, hay algo en esas casillas que permanece invariable. El recuadro que las delimita. Pienso que ese recuadro está definido por una constante de culpa. Y que tal y como lo veo, tal y como lo imagino, sea el día que sea el último, formará parte de mis días hasta que yo me desvanezca, hasta que mi imagen sólo sea un papel impreso, hasta que sólo sea un recuerdo para unos pocos, quizá cuando alguna vez que escuchen mi nombre.

 Recapitulando sobre los días que he vivido hasta la fecha de los 48 años que tengo, me he dado cuenta cada vez con más claridad que vivo atado con más o menos cuerda según las épocas con la Culpa. Conocí a una persona cuya vida giraba en torno al tabaco. Sí sí… suena a guasa pero aseguro que es cierto. Esta persona, de entrañable recuerdo para mí y que formó parte de mi vida laboral durante casi 15 años en un laboratorio, se pasó todo ese tiempo peleando de una forma u otra con el tabaco. No era solo el tema de los eternos intentos y fracasos de dejar de fumar sino de la movida en sí que entrañaba el tabaco. Más calentorro que una plancha y  aficionado a los chistes verdes, contaba excepcionalmente otros relacionados con el tabaco. Uno corto que recuerdo es la conversación de un par de amigos, de dos “quillos” uno habiendo dejado de fumar, que le decía al otro…
”Quillo, mira, desde que he dejao de fumar hay que ver lo poco que me acuerdo tabaco…”… y a los cinco minutos le volvía a insistir..”¿me has oío?..”! que te digo que desde que he dejao de fumar hay que ver lo poco que me acuerdo del tabaco!!”.. y al rato…!quillooooo, que te digo   lo bien que estoy ahora!!!….que desde que he dejao de fumar…!!! hay que ver lo poco que me acuerdo del tabaco!!!.”…
Chistes aparte, chistes malos aparte, algo similar es lo que, con ciertas dosis –que no completas- de honestidad he descubierto en mí respecto a la Culpa.
No me considero una persona infeliz. Pero me considero una persona desgraciada. Desgraciada por cargar con esa losa que llamamos culpa, esa losa que, por experiencia propia, creo que es de las peores cargas que la conciencia de una persona puede acarrear.
Me resulta difícil afirmar si existe o no correspondencia entre culpa e infelicidad. Quizá es que no quiera asumir que soy infeliz por mucho que no me considere infeliz. Ahí la culpa y sus entresijos entre bastidores también creo que tiene algo que ver. Demostrada parece ser que está la sorprendente correspondencia entre culpa y altruismo (“Los secretos de la psicología”, Coleman y Freedman, Editorial: Salvat Editores, S.A., Barcelona., 1987), si bien por lo que he podido deducir se debe más bien a un efecto reactivo y subliminal de la emoción en grado leve que no como una devastadora consecuencia que, en grados más elevados,  como la mayoría de nosotros sabemos, paraliza a las personas conllevando también otra  serie de trastornos mentales y físicos que pueden derivar incluso en el mismísimo suicidio.

La culpa, afirmo,  es mi más fiel y leal compañera. Está tan pegada a mí como mi propia muerte. De un modo u otro nunca  me abandona y funciona como una “destructiva” pareja ideal. Como la pareja que nunca perderé. Por  acción, por inacción, por recurrencia y por omisión.  Por  épocas la noto más y más cerca de mí sea lo que sea que haga y donde esté.  En algunos casos me habla cuando yo callo, a ratos me escucha cuando le hablo y  guarda silencio cuando le pregunto... incluso parece estar lejos o desaparecer. Pero no. Siempre aparece, siempre vuelve. A veces me grita, en otras me susurra. Me atenaza, me paraliza, me ahoga, me redime y me castiga.  Siempre está ahí, fiel, unida, pegada, agarrada  a mí, para siempre.



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