Puede que sea día 13, pero es un día cualquiera de un
periódico mes de Febrero del irrepetible año 2014.
Un día más.
Por un momento he
hecho el ejercicio mental de imaginarme en forma de casillas todos los días de
mi vida ya consumida y los que me restan hasta los 82 años que no es otra que
la edad media establecida como esperanza de vida en nuestro maltrecho país. Eso
quiere decir que, de los 48 años que tengo hasta los 82, resultan día arriba
día abajo 12.775 casillas por tachar de
un imaginario calendario. Todas esas casillas, ante mí, monótonas y a la vez
intrigantes se muestran tan neutras como las teclas de mi ordenador con las que
plasmo estas palabras.
Al lado de una de esas casillas hay otra que se quedará sin marcar. Ese día será mi final. Mi final.
Por más que lo pretenda, no me es posible,
ni tan siquiera imaginar, cuál de ellas puede ser ese día. Sin
embargo, hay algo en esas casillas que permanece invariable. El recuadro que
las delimita. Pienso que ese recuadro está definido por una constante de culpa.
Y que tal y como lo veo, tal y como lo imagino, sea el día que sea el último,
formará parte de mis días hasta que yo me desvanezca, hasta que mi imagen sólo
sea un papel impreso, hasta que sólo sea un recuerdo para unos pocos, quizá
cuando alguna vez que escuchen mi nombre.
Recapitulando sobre
los días que he vivido hasta la fecha de los 48 años que tengo, me he dado
cuenta cada vez con más claridad que vivo atado con más o menos cuerda según
las épocas con la Culpa. Conocí a una persona cuya vida giraba en torno al
tabaco. Sí sí… suena a guasa pero aseguro que es cierto. Esta persona, de
entrañable recuerdo para mí y que formó parte de mi vida laboral durante casi
15 años en un laboratorio, se pasó todo ese tiempo peleando de una forma u otra
con el tabaco. No era solo el tema de los eternos intentos y fracasos de dejar
de fumar sino de la movida en sí que entrañaba el tabaco. Más calentorro que
una plancha y aficionado a los chistes
verdes, contaba excepcionalmente otros relacionados con el tabaco. Uno corto
que recuerdo es la conversación de un par de amigos, de dos “quillos” uno
habiendo dejado de fumar, que le decía al otro…
”Quillo, mira, desde que he dejao de fumar hay que ver lo
poco que me acuerdo tabaco…”… y a los cinco minutos le volvía a insistir..”¿me
has oío?..”! que te digo que desde que he dejao de fumar hay que ver lo poco
que me acuerdo del tabaco!!”.. y al rato…!quillooooo, que te digo lo bien
que estoy ahora!!!….que desde que he dejao de fumar…!!! hay que ver lo poco que
me acuerdo del tabaco!!!.”…
Chistes aparte, chistes malos aparte, algo similar es lo
que, con ciertas dosis –que no completas- de honestidad he descubierto en mí
respecto a la Culpa.
No me considero una persona infeliz. Pero me considero una
persona desgraciada. Desgraciada por cargar con esa losa que llamamos culpa,
esa losa que, por experiencia propia, creo que es de las peores cargas que la
conciencia de una persona puede acarrear.
Me resulta difícil afirmar si existe o no correspondencia
entre culpa e infelicidad. Quizá es que no quiera asumir que soy infeliz por
mucho que no me considere infeliz. Ahí la culpa y sus entresijos entre
bastidores también creo que tiene algo que ver. Demostrada parece ser que está
la sorprendente correspondencia entre culpa y altruismo (“Los secretos de la
psicología”, Coleman y Freedman, Editorial: Salvat
Editores, S.A., Barcelona., 1987), si bien por lo que he podido deducir se debe
más bien a un efecto reactivo y subliminal de la emoción en grado leve que no
como una devastadora consecuencia que, en grados más elevados, como la mayoría de nosotros sabemos, paraliza
a las personas conllevando también otra
serie de trastornos mentales y físicos que pueden derivar incluso en el mismísimo
suicidio.
La culpa, afirmo, es mi
más fiel y leal compañera. Está tan pegada a mí como mi propia muerte. De un
modo u otro nunca me abandona y funciona
como una “destructiva” pareja ideal. Como la pareja que nunca perderé. Por acción, por inacción, por recurrencia y por
omisión. Por épocas la noto más y más cerca de mí sea lo
que sea que haga y donde esté. En
algunos casos me habla cuando yo callo, a ratos me escucha cuando le hablo y guarda silencio cuando le pregunto... incluso
parece estar lejos o desaparecer. Pero no. Siempre aparece, siempre vuelve. A
veces me grita, en otras me susurra. Me atenaza, me paraliza, me ahoga, me
redime y me castiga. Siempre está ahí,
fiel, unida, pegada, agarrada a mí, para
siempre.
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